...así es Mi Perú.
De pronto Peter miró hacia atrás, después de pocos segundos volvió la mirada al frente y dijo – “ten cuidado”. Volteé rápidamente para ver el por qué de la precaución. Tres jóvenes nos seguían, el más moreno era espigado, los otros dos más bien chatos, todos delgados. Tenían 20 años más o menos, y caras de no buenas intenciones.
Salí un momento de la vereda y me pegué a una de las puertas de la estrecha calle haciendo la finta de que buscaba algo, mientras los tres sujetos pasaban por nuestro costado. Los movimientos rápidos siempre te libran. Pero este tipo de movimientos necesariamente tienen que estar acompañados de otra estrategia, la retirada, de lo contrario no sirven de mucho. Me creí mi rol de estratega de una sola batalla, y me sentí seguro en un campo donde era totalmente visitante. Error. Al ver que seguían de frente, no me preocupé en agarrar más fuerte la mochila, ni de tomar otra dirección, ni siquiera de cruzar hacia la otra vereda. Sentí que había eludido el peligro, y al darse cuenta ellos que ya sabíamos quienes eran, iban a desistir de sus planes. Segundo error. Seguimos con Peter atrás de ellos, Manolo vivía en la otra cuadra, sólo era cuestión de cruzar la pista que cruzaba transversalmente el cerro donde estaba asentada toda esa zona. Los tres muchachos, de aspecto similar al de la mayoría de los jóvenes habitantes de Mi Perú en Ventanilla, se quedaron en la esquina siguiendo tal vez la estrategia que imaginé de mi exclusividad.
Ya había puesto un pie en la pista cuando sentí un brazo alrededor de mi cuello, y otros cuatro que con violencia intentaban llevarse mi mochila. Empecé a dar patadas y jalar la mochila lo más fuerte que podía. Por un segundo pensé que podían atacarme con un cuchillo o algo así, pero seguí forcejeando hasta que la mochila, de muy mala calidad, no dio más y me quedé con el asa en la mano.
Todo pasó muy rápido, y con la misma velocidad pasó por mi cabeza un inventario de todo lo que si iba en la mochila: un celular viejo con 100 números telefónicos en la memoria, todas las separatas, cuadernos y papales de la universidad, ¡la cámara fotográfica de mi amigo!
Cuando me bajé en Faucett, justo donde empieza el largo muro plomo del aeropuerto internacional para tomar una combi que me lleve hasta Ventanilla, sentía un poco de inquietud por la lejanía del lugar, por lo que alguna vez había escuchado de Pachacutec y Mi Perú, porque me iba a encontrar con chicos a los que contacté por teléfono y que, a excepción de Peter que sólo había visto una vez en la esquina de Camaná y Azángaro en Lima, nunca había visto. Además tenía direcciones con sectores, lotes, manzanas lo que complicaba mucho más la ubicación. Pero el interés por lo que hacían estos jóvenes denominados "Ángeles de Arena", sus acrobacias, sus canciones, y lo particular de su historia hacían que el viaje sea también interesante; además estoy un poco acostumbrado a trechos largos.
Ya había pasado más de una hora desde que salí de mi casa y acabábamos de pasar la refinería La Pampilla cuando le pedí al cobrador de la combi que me avisara cuando estemos en Mi Perú, paradero J. En ese momento puse el rollo en la cámara y disparé un par de veces por la ventana para ver que tal salían esas fotos en movimiento y preparándome para hacer las mejores tomas que pueda de las acrobacias de los Angeles. Pasaron 15 minutos más y el amable boletero me indicó cuál era el paradero J. Otras personas en la combi notaron que estaba un poco perdido y se esforzaron en ubicarme, me preguntaron a qué sector iba y como podía llegar. En ese momento mi comodidad fue total, la amabilidad de la gente y los rayos del sol que empezaban a quemar condicionó placenteramente mi primera impresión de Mi Perú.
Los datos de la calurosa gente de la combi hicieron que llegue rápido a la casa de Peter. Cuando llegué estaba almorzando, y me di cuenta de que no era tan amable como la gente de la combi. Pero no era ni malcriado ni huraño, más bien un poco parco y hasta un tanto desconfiado. Es comprensible teniendo en cuenta que no apenas me había visto 5 minutos antes, no sabía quién exactamente quién era y lo había molestado en pleno almuerzo. Me dijo que por favor lo espere en la losa deportiva que estaba a la vuelta de su casa, no me hizo pasar. Accedí sin problemas y pensé que podía aprovechar para tomar algunas fotos de la zona. Había por ahí unos juegos mecánicos y la losa deportiva que se encontraba a la vuelta, subiendo el cerro. Este sector de Ventanilla, que quiere ser distrito, está construido sobre pequeños cerros que han sido pavimentados por partes y en donde la gente ha construido sus viviendas.
He aquí el tercer error, primero cronológicamente. El sol estaba más fuerte y la tarde muy tranquila, y me decidí a tomar fotos a los maltrechos juegos mecánicos, a unos niños que regresaban del colegio, a un infaltable perro, e hice unas tomas de Mi Perú desde la losa que estaba a mitad del cerro. Fue en ese momento, supongo, en que los ladrones que estaban "en paiche", como me dijo después Peter, se dieron cuenta de que tenía una llamativa cámara y decidieron hacerla suya. Al cabo de 20 minutos regresé a la casa de Peter como habíamos quedado. Esta vez salió su mamá que también se mostraba un tanto desconfiada, le pasó la voz y fuimos a la casa de Manolo, uno de los fundadores de Los Ángeles de Arena, para informarle en qué consistía mi trabajo.
Pasamos por la losa, seguimos subiendo el cerro por la pequeña vereda flanqueada de humildes casitas, la mayoría de material noble y adornada con pequeños jardines mientras hablaba con Peter acerca de su particular grupo. También hablamos sobre el barrio, cómo era la vida ahí, si era peligroso. Justo me estaba diciendo que en la noche era peligroso, por el sector N no se podía pasar ni siquiera de día, pero por donde estábamos de día era tranquilo cuando notamos la presencia de los tres indeseables compañeros de acera. Al ver su juventud y contextura supuse que la situación podría ser controlada, además cuando Peter me advirtió que tuviera cuidado con ellos me dijo algo como que los conocía y sabía de sus costumbres.
Mientras estalló en mi mente la imagen de la cámara fotográfica, y los aproximadamente 300 dólares que representaba, no pensé más y corrí lo más rápido que pude atrás de ellos cuesta abajo por la pequeña vereda. No atiné a gritar nada, pero mientras corría cogí en plena carrera la piedra más grande que encontré, y seguí corriendo sin perder de vista la mochila verde que era llevada por uno de los ladrones pequeños. Al llegar de nuevo a la losa, el otro chato se resbaló y cayó. Los otros seguían la carrera con la mochila. No podía perder tiempo en el caído. Sólo le apliqué el puntapié más fuerte que pude y seguí con la misma fuerza tras el ladrón que llevaba el botín. Creo que el pequeño agraviado no se pudo sentar cómodamente en un buen tiempo. El más moreno, al darse cuenta de la situación se paró y me amenazó con dos piedras más grandes que la mía mientras el tercer ladrón se llevaba la mochila, yo sabía que no podía desprenderme de mi único objeto de defensa hasta que no recuperara mis pertenencias, así que sin perder velocidad amagué que le tiraba la piedra, y mientras se protegía pasé raudamente por un costado sin perder de vista el rumbo que llevaba el otro chato.
Al pasar la losa, el chato volteó por otra pequeña calle que no estaba asfaltada y al avanzar más me encontré con una convergencia de muchas callecitas, todas de arena y sin personas transitando. Cuando llegué a la esquina de varias calles ya había perdido de vista al ladrón y a mi mochila. Me quedé parado sin saber a donde ir. -Perdí, fue lo único que se me pasó por la mente cuando por una de las calles de confluían en esa esquina apareció el chato corriendo. Seguramente pensó que yo estaba atrás de él y había intentado meterse por atajos para que me pierda en el camino sin imaginar que yo ya me había parado en la esquina. Cuando me vio se sorprendió y aceleró por una de las callecitas arenosas que bajaban hasta la avenida transitada que bordeaba el cerro. Fue ahí que por fin grité: "suéltala conchatumadre", y reinicié la carrera tras él. El ladrón estaba solo y desacelerando notoriamente, y al ver que yo no estaba dispuesto a dar por perdida esa mochila, no le quedó más remedio que soltarla y desaparecer por otro pequeño atajo que estaba a mitad de cuadra. Corrí hasta la mochila, la cogí y seguí cuesta abajo hasta la avenida.
Ya en la avenida, sudando y asimilando recién todo lo que me había ocurrido, empezó a acercárseme gente que había visto lo ocurrido desde lejos y me decían que hubiera gritado. Ellos hubieran ayudado a agarrar a los ladrones y les hubieran pegado muy fuerte, eso hacen siempre porque no les conviene que los visitantes se lleven una mala impresión de Mi Perú. Les di las gracias y caminé hacia la casa de Peter. Ya estaba un poco más repuesto del mal momento y empezó a dolerme la pierna. Había corrido con tanto esfuerzo que me dio un tirón en el muslo, hacía tiempo que no hacía ejercicios y los reinicié de manera muy brusca.
Haciendo un recuento de todo lo sucedido me encontré con Peter que ya me había divisado. Hasta ese momento no me había percatado de su ausencia, en dónde estaba cuando empezó el forcejeo y me empecé a preguntar por qué no me había ayudado. Pero en el fondo eso no me importaba mucho. Apenas se acercó me preguntó cómo estaba, qué había pasado exactamente y me dijo que los conocía y que nunca pensó que iban a robarle a alguien que esté con álguien que viva por ahí. El también cometió otro error. Después respondió la pregunta que me había hecho, si me ayudaba lo más probable era que ellos regresen alguna vez y le hagan algo por venganza. Entendible.
Fuimos a su casa, le contamos todo a su mamá que se mostró mucho más amable que la primera vez y empezamos a hablar de lo acontecido, le conté paso a paso lo ocurrido. Ella me repetía lo que antes ya me habían dicho su hijo y las personas de la avenida, lo peligroso de la zona pero fundamentalmente de noche, que los vecinos ayudan a combatir a los delincuentes y lo vengativos que pueden ser estos. Ya descansado y después de dos vasos con agua salimos a buscar a los otros integrantes del grupo. A Manolo nunca lo encontramos, fuimos donde Paul. Luego fuimos hacia el arenal donde ensayaban sus acrobacias y ahí estaban Lalo y Michael dando vueltas espectaculares en el aire para después caer muy suavemente en la arena.
En medio de las elaboradas y peligrosas maniobras transcurrió la tarde, y lo sucedido horas antes quedó en la anécdota. El despliegue de habilidad y de buenas energías fue lo que quedó en mi mente cuando bajábamos del arenal hacia el paradero de la Jv que me llevaría hasta la avenida Brasil. La amabilidad de la despedida justificó el haber llegado a un lugar tan lejano y un tanto peligroso. Pero peligro hay en cualquier parte de Lima, lo que cuenta en verdad es que haya gente buena, y en Mi Perú hay mucha.
Salí un momento de la vereda y me pegué a una de las puertas de la estrecha calle haciendo la finta de que buscaba algo, mientras los tres sujetos pasaban por nuestro costado. Los movimientos rápidos siempre te libran. Pero este tipo de movimientos necesariamente tienen que estar acompañados de otra estrategia, la retirada, de lo contrario no sirven de mucho. Me creí mi rol de estratega de una sola batalla, y me sentí seguro en un campo donde era totalmente visitante. Error. Al ver que seguían de frente, no me preocupé en agarrar más fuerte la mochila, ni de tomar otra dirección, ni siquiera de cruzar hacia la otra vereda. Sentí que había eludido el peligro, y al darse cuenta ellos que ya sabíamos quienes eran, iban a desistir de sus planes. Segundo error. Seguimos con Peter atrás de ellos, Manolo vivía en la otra cuadra, sólo era cuestión de cruzar la pista que cruzaba transversalmente el cerro donde estaba asentada toda esa zona. Los tres muchachos, de aspecto similar al de la mayoría de los jóvenes habitantes de Mi Perú en Ventanilla, se quedaron en la esquina siguiendo tal vez la estrategia que imaginé de mi exclusividad.
Ya había puesto un pie en la pista cuando sentí un brazo alrededor de mi cuello, y otros cuatro que con violencia intentaban llevarse mi mochila. Empecé a dar patadas y jalar la mochila lo más fuerte que podía. Por un segundo pensé que podían atacarme con un cuchillo o algo así, pero seguí forcejeando hasta que la mochila, de muy mala calidad, no dio más y me quedé con el asa en la mano.
Todo pasó muy rápido, y con la misma velocidad pasó por mi cabeza un inventario de todo lo que si iba en la mochila: un celular viejo con 100 números telefónicos en la memoria, todas las separatas, cuadernos y papales de la universidad, ¡la cámara fotográfica de mi amigo!
Cuando me bajé en Faucett, justo donde empieza el largo muro plomo del aeropuerto internacional para tomar una combi que me lleve hasta Ventanilla, sentía un poco de inquietud por la lejanía del lugar, por lo que alguna vez había escuchado de Pachacutec y Mi Perú, porque me iba a encontrar con chicos a los que contacté por teléfono y que, a excepción de Peter que sólo había visto una vez en la esquina de Camaná y Azángaro en Lima, nunca había visto. Además tenía direcciones con sectores, lotes, manzanas lo que complicaba mucho más la ubicación. Pero el interés por lo que hacían estos jóvenes denominados "Ángeles de Arena", sus acrobacias, sus canciones, y lo particular de su historia hacían que el viaje sea también interesante; además estoy un poco acostumbrado a trechos largos.
Ya había pasado más de una hora desde que salí de mi casa y acabábamos de pasar la refinería La Pampilla cuando le pedí al cobrador de la combi que me avisara cuando estemos en Mi Perú, paradero J. En ese momento puse el rollo en la cámara y disparé un par de veces por la ventana para ver que tal salían esas fotos en movimiento y preparándome para hacer las mejores tomas que pueda de las acrobacias de los Angeles. Pasaron 15 minutos más y el amable boletero me indicó cuál era el paradero J. Otras personas en la combi notaron que estaba un poco perdido y se esforzaron en ubicarme, me preguntaron a qué sector iba y como podía llegar. En ese momento mi comodidad fue total, la amabilidad de la gente y los rayos del sol que empezaban a quemar condicionó placenteramente mi primera impresión de Mi Perú.
Los datos de la calurosa gente de la combi hicieron que llegue rápido a la casa de Peter. Cuando llegué estaba almorzando, y me di cuenta de que no era tan amable como la gente de la combi. Pero no era ni malcriado ni huraño, más bien un poco parco y hasta un tanto desconfiado. Es comprensible teniendo en cuenta que no apenas me había visto 5 minutos antes, no sabía quién exactamente quién era y lo había molestado en pleno almuerzo. Me dijo que por favor lo espere en la losa deportiva que estaba a la vuelta de su casa, no me hizo pasar. Accedí sin problemas y pensé que podía aprovechar para tomar algunas fotos de la zona. Había por ahí unos juegos mecánicos y la losa deportiva que se encontraba a la vuelta, subiendo el cerro. Este sector de Ventanilla, que quiere ser distrito, está construido sobre pequeños cerros que han sido pavimentados por partes y en donde la gente ha construido sus viviendas.
He aquí el tercer error, primero cronológicamente. El sol estaba más fuerte y la tarde muy tranquila, y me decidí a tomar fotos a los maltrechos juegos mecánicos, a unos niños que regresaban del colegio, a un infaltable perro, e hice unas tomas de Mi Perú desde la losa que estaba a mitad del cerro. Fue en ese momento, supongo, en que los ladrones que estaban "en paiche", como me dijo después Peter, se dieron cuenta de que tenía una llamativa cámara y decidieron hacerla suya. Al cabo de 20 minutos regresé a la casa de Peter como habíamos quedado. Esta vez salió su mamá que también se mostraba un tanto desconfiada, le pasó la voz y fuimos a la casa de Manolo, uno de los fundadores de Los Ángeles de Arena, para informarle en qué consistía mi trabajo.
Pasamos por la losa, seguimos subiendo el cerro por la pequeña vereda flanqueada de humildes casitas, la mayoría de material noble y adornada con pequeños jardines mientras hablaba con Peter acerca de su particular grupo. También hablamos sobre el barrio, cómo era la vida ahí, si era peligroso. Justo me estaba diciendo que en la noche era peligroso, por el sector N no se podía pasar ni siquiera de día, pero por donde estábamos de día era tranquilo cuando notamos la presencia de los tres indeseables compañeros de acera. Al ver su juventud y contextura supuse que la situación podría ser controlada, además cuando Peter me advirtió que tuviera cuidado con ellos me dijo algo como que los conocía y sabía de sus costumbres.
Mientras estalló en mi mente la imagen de la cámara fotográfica, y los aproximadamente 300 dólares que representaba, no pensé más y corrí lo más rápido que pude atrás de ellos cuesta abajo por la pequeña vereda. No atiné a gritar nada, pero mientras corría cogí en plena carrera la piedra más grande que encontré, y seguí corriendo sin perder de vista la mochila verde que era llevada por uno de los ladrones pequeños. Al llegar de nuevo a la losa, el otro chato se resbaló y cayó. Los otros seguían la carrera con la mochila. No podía perder tiempo en el caído. Sólo le apliqué el puntapié más fuerte que pude y seguí con la misma fuerza tras el ladrón que llevaba el botín. Creo que el pequeño agraviado no se pudo sentar cómodamente en un buen tiempo. El más moreno, al darse cuenta de la situación se paró y me amenazó con dos piedras más grandes que la mía mientras el tercer ladrón se llevaba la mochila, yo sabía que no podía desprenderme de mi único objeto de defensa hasta que no recuperara mis pertenencias, así que sin perder velocidad amagué que le tiraba la piedra, y mientras se protegía pasé raudamente por un costado sin perder de vista el rumbo que llevaba el otro chato.
Al pasar la losa, el chato volteó por otra pequeña calle que no estaba asfaltada y al avanzar más me encontré con una convergencia de muchas callecitas, todas de arena y sin personas transitando. Cuando llegué a la esquina de varias calles ya había perdido de vista al ladrón y a mi mochila. Me quedé parado sin saber a donde ir. -Perdí, fue lo único que se me pasó por la mente cuando por una de las calles de confluían en esa esquina apareció el chato corriendo. Seguramente pensó que yo estaba atrás de él y había intentado meterse por atajos para que me pierda en el camino sin imaginar que yo ya me había parado en la esquina. Cuando me vio se sorprendió y aceleró por una de las callecitas arenosas que bajaban hasta la avenida transitada que bordeaba el cerro. Fue ahí que por fin grité: "suéltala conchatumadre", y reinicié la carrera tras él. El ladrón estaba solo y desacelerando notoriamente, y al ver que yo no estaba dispuesto a dar por perdida esa mochila, no le quedó más remedio que soltarla y desaparecer por otro pequeño atajo que estaba a mitad de cuadra. Corrí hasta la mochila, la cogí y seguí cuesta abajo hasta la avenida.
Ya en la avenida, sudando y asimilando recién todo lo que me había ocurrido, empezó a acercárseme gente que había visto lo ocurrido desde lejos y me decían que hubiera gritado. Ellos hubieran ayudado a agarrar a los ladrones y les hubieran pegado muy fuerte, eso hacen siempre porque no les conviene que los visitantes se lleven una mala impresión de Mi Perú. Les di las gracias y caminé hacia la casa de Peter. Ya estaba un poco más repuesto del mal momento y empezó a dolerme la pierna. Había corrido con tanto esfuerzo que me dio un tirón en el muslo, hacía tiempo que no hacía ejercicios y los reinicié de manera muy brusca.
Haciendo un recuento de todo lo sucedido me encontré con Peter que ya me había divisado. Hasta ese momento no me había percatado de su ausencia, en dónde estaba cuando empezó el forcejeo y me empecé a preguntar por qué no me había ayudado. Pero en el fondo eso no me importaba mucho. Apenas se acercó me preguntó cómo estaba, qué había pasado exactamente y me dijo que los conocía y que nunca pensó que iban a robarle a alguien que esté con álguien que viva por ahí. El también cometió otro error. Después respondió la pregunta que me había hecho, si me ayudaba lo más probable era que ellos regresen alguna vez y le hagan algo por venganza. Entendible.
Fuimos a su casa, le contamos todo a su mamá que se mostró mucho más amable que la primera vez y empezamos a hablar de lo acontecido, le conté paso a paso lo ocurrido. Ella me repetía lo que antes ya me habían dicho su hijo y las personas de la avenida, lo peligroso de la zona pero fundamentalmente de noche, que los vecinos ayudan a combatir a los delincuentes y lo vengativos que pueden ser estos. Ya descansado y después de dos vasos con agua salimos a buscar a los otros integrantes del grupo. A Manolo nunca lo encontramos, fuimos donde Paul. Luego fuimos hacia el arenal donde ensayaban sus acrobacias y ahí estaban Lalo y Michael dando vueltas espectaculares en el aire para después caer muy suavemente en la arena.
En medio de las elaboradas y peligrosas maniobras transcurrió la tarde, y lo sucedido horas antes quedó en la anécdota. El despliegue de habilidad y de buenas energías fue lo que quedó en mi mente cuando bajábamos del arenal hacia el paradero de la Jv que me llevaría hasta la avenida Brasil. La amabilidad de la despedida justificó el haber llegado a un lugar tan lejano y un tanto peligroso. Pero peligro hay en cualquier parte de Lima, lo que cuenta en verdad es que haya gente buena, y en Mi Perú hay mucha.
